A propósito de los toros

Carta de viaje
Carlos Tello Díaz

El parlamento catalán ha puesto a debate, desde la primavera, la supresión de las corridas de toros en Cataluña. No sería la primera vez que los toros son prohibidos en España. Los Borbones siempre despreciaron las corridas: Felipe V las vetó a sus cortesanos, Fernando VI apenas las toleró, Carlos III las prohibió en 1771 y Carlos IV las volvió a prohibir en 1805, ambos en tiempos de Pepe Hillo, inmortalizado por Goya. El último intento ocurrió en 1877, sin éxito: eran los años de gloria de Frascuelo y Lagartijo. En España, así, las corridas perduran hasta hoy, “con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide”.

El debate sobre la prohibición de las corridas de toros en Barcelona ha generado un debate paralelo, que es el que me interesa destacar: el del trato que dan los hombres a los animales. Muchos defensores de los toros han debido evocar argumentos ecologistas a favor de las corridas: que el toro de lidia se extinguiría si las corridas no existieran, pues es un animal hecho para embestir, o que la vida del toro es privilegiada hasta el momento de entrar al ruedo. Otros han querido acorralar a los detractores de la fiesta brava con argumentos similares a los de Mario Vargas Llosa, quien luego de dar varios ejemplos de “los indescriptibles suplicios a que son sometidos infinidad de animales terrestres, aéreos, fluviales y marítimos para satisfacer las fantasías golosas, indumentarias o frívolas de los seres humanos”, preguntó a una mujer que condenaba la fiesta brava “si ella, consecuente con sus principios, estaría dispuesta a votar a favor de una ley que prohibiera para siempre la caza, la pesca y toda forma de utilización del reino animal que implicara sufrimiento” (en “Torear y otras maldades”, Reforma, 18-04-2010). Vargas Llosa no nos revela la respuesta de esa mujer. Pero ella pudo haber dicho que sí, que estaría dispuesta a votar a favor de esa ley. Y le pudo haber hecho, a su vez, una pregunta muy difícil de responder: ¿Por qué no siente ninguna duda cuando come carne, si sabe que puede vivir sin carne y que el acto de comerla implica el dolor de un animal capaz de sufrir?

Son innumerables los ejemplos de crueldad de los hombres hacia los animales. No los voy a mencionar, por pudor. Pero incluso el hecho cotidiano y banal de comer carne implica una inmensa dosis de sufrimiento, como lo muestra con horror Le sang des bêtes, el documental de 1949 dirigido por Georges Franju que contrasta imágenes pacíficas de la vida de las calles con escenas de un matadero en los suburbios de París. Además de las razones relacionadas con la salud y la ecología, hay razones morales de peso para dejar de ser carnívoros: es deseable evitar o disminuir el sufrimiento de los animales. ¿Por qué, entonces, no tenemos dudas, remordimientos al comer carne, tanta carne? Porque, aunque sabemos que está mal, nos acogemos a una norma social que lo tolera, algo similar a lo que sucedía en el pasado con infinidad de personas que, sin ser malas, tenían esclavos.

El movimiento que lucha por los derechos de los animales es un movimiento en favor de la justicia, como lo fue en su momento el que luchaba por la abolición de la esclavitud. La mayoría de la gente entiende hoy que cualquier prejuicio basado en raza, género, religión o nacionalidad —cualquier prejuicio contra otro ser humano— está mal. Pero el prejuicio basado en la especie —la idea de que los animales humanos pueden hacer lo que quieran con los animales no humanos— es todavía hoy ampliamente aceptado como norma de conducta social. Lo dijo muy bien el doctor Albert Schweitzer, músico, médico y premio Nobel de la Paz: “La compasión, donde tiene su raíz la ética, no asume su verdadera proporción hasta que incluye no sólo al hombre sino a todos los seres vivos”.

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