Esmeralda alada

Comenzaba su avance implacable el año 2004.
Mis pies caminaban sobre la piel desnuda de la Tierra, sobre su traje de hojas y troncos.
Caminaban mis pies sobre la obscura tierra, en donde los escarabajos y los milpiés
regresaban la vida a la madera muerta. Sobre las gruesas camas de hojarasca, que guardaban de la selva, sus lágrimas de noche, como un tesoro de nubes.

Caminaban mis pies entre reuniones estratégicas de hongos.
Presencia insospechada, complicidad con musgos y líquenes…
Y entonces lo vi. No hubo un profundo silencio, ninguna señal ritual que el bosque le rindiera. No era necesario.
El quetzal cruzó de un árbol a otro, como una estela de luz en el obscuro bosque,
sin más ceremonia que su propio vuelo y su plumaje, que absorbía los mil tonos del follaje, y los gritaba en un solo verde absoluto.
Los demás pájaros siguieron sus conversaciones. El quetzal también hablaba y buscaba su alimento, como todos. Era un morador más de aquella casa de árboles. Todo era un tributo.
Sobresale entre la espesa capa de capas de tiempo, aquel vuelo,
perpetuo y fugaz, que yo vi de la esmeralda alada.
Esmeralda Alada
Arturo García



















